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Michael Jackson y Kurt Cobain

Escrito por Ademir / 3 de agosto de 2009

Se puede establecer una cierta comparativa entre estos dos astros de la música contemporánea, por que, paradójicamente, más allá de todas sus evidentes diferencias, los hermanos espiritualmente, hasta el último instante de sus vidas, un afán por identificarse en la distinción, con toda la voluntad de su ser.

Nirvana revolucionó en los noventas el ámbito del hard rock con su propuesta sui generis. Mezcla de metales moderados, canto aguardentoso y sutil pop, el grunge, con Nirvana alcanzó cotas que nunca serían repetidas.

El chico de Seattle

Definitivamente, el fallecimiento del líder de esta banda marcó un derrotero en la historia de este tipo de géneros alternativos, como pocas veces puede presenciarse. Y sin embargo, no fundamenta Cobain, el auténtico líder y planificador de Nirvana, el alcance rotundo de su arte sobre la premisa de llamar la atención como quiera que fuese. En este sentido, Nirvana se distingue de otras bandas similares de su tiempo por la sinceridad brutal, la sencillez demoledora de sus melodías y sus letras.

Tres chicos hijos de vecino, jóvenes X de las calles de Seattle se juntan en su garage a tocar sus estruendosos instrumentos para desahogarse de las experiencias de su cotidianidad urbana. Cobain es el portavoz de la realidad rutinaria, liberada en su confesional sentimiento, el áspero reconocimiento del flujo imparable del vivir.

El traje del rey

Por su parte Michael Jackson apuesta por lo contrario: su propuesta musical que partió del rhythm and soul más puro de los setentas, hasta derivar en el estilo fan personal de soul, funk y pop, de los ochentas y noventas denota una conciencia deliberada de la variedad y la diversidad.

Si Cobain buscaba conmocionar con la solidez contundente “lo mismo de cada día” en fuerza impulsiva, Jackson prefiere la explosión extraordinaria de lo singular, lo único: Acontecimientos irrepetibles de ritmo, luces y piruetas dancísticas imposibles.

La búsqueda de Jackson es la de su propia esencia más allá de cualquier accidente, la de Cobain en contraparte , es una pugna por liberarse de las cadenas en devenir de lo normal, dispersándose en los instantes vacíos que estructuran la verdad del mundo.

Ambos artistas desembocan en un nihilismo sin esperanzas propias, pero colmado de ilusiones para todos sus seguidores: Jackson tratando de que la gente escape de su soledad existencial, aceptando lo negro y lo blanco, la contradicción inherente a todo, como el motor de todo, lo religante entre los seres humanos; Cobain por su lado, intenta hacer que su cruda sinceridad (“Me odio a mi mismo y quiero morir”) sirva como piedra de fondo para aumentar una posible esperanza de valorar mejor, cualquier cosa que la vida pueda darnos.

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